Archivo de la categoría: Opinión

Debatimos sobre la situación de nuestra profesión en Radio Vallekas

Agradecemos a las compañeras de la Red Nosotras en el Mundo,  de Radio Vallekas, su ofrecimiento a participar en el debate sobre la crisis en la profesión periodística, junto al secretario general del Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM). El SPM ha publicado en su web una nota sobre esta pequeña charla:

Agustín Yanel: “los periodistas no estamos pidiendo privilegios”

Y ha colgado el audio (10 minutos) aquí.

La revolución será feminista o no será: #12M15M

Mañana se prevé una movilización masiva. En todo el estado español. En el mundo.

Y desde el primer momento ahí han estado los feminismos. Se empezó tal vez de manera tibia. Se experimentaron rechazos. Pero se mantuvo la lucha. Lo explica fenomenalmente Joana García Grezner en su artículo para Pikara Magazine y en el texto más amplio que inicia el libro que recomiendo “Re-evolucionando: Feminismos en el 15M”.

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Cuando Sara Carbonero acabó con el buen periodismo

La semana pasada muchos muros de Facebook  se hacían eco de la noticia sobre la entrevista publicada por la revista Vanitiy Fair a la periodista Rosa María Calaf, con el llamativo titular: “Sara Carbonero hace un flaco favor al periodismo”. Como  muchísimas otras personas seguí leyendo la noticia, para comprobar que la entrevista iba  por derroteros muchos más amplios y que Calaf analizaba la lamentable situación del periodismo actual, definiéndolo como ” absolutamente mercenario, sectario, al servicio de unos intereses económicos que serán todo lo legales que queramos, pero que son muy poco legítimos”.  Suscribo sus palabras al 100%. Pero lo que me alarmó de sus declaraciones fue la ejemplificación en una sola persona de un hecho tan grave y complejo, como es la penosa situación de nuestros medios de comunicación, en un persona que resulta ser mujer, joven y extremadamente guapa. Paradójicamente Carbonero se convierte en la diana en lugar de aquéllos que dirigen los medios de comunicación, en masculino porque son hombres, y que se lucran sin tapujos a base de perpetuar una imagen estereotipada de las mujeres. ¿Cuál es la moraleja que queda en el subconsciente colectivo? No las certeras declaraciones de Calaf sobre los medios, sino que Sara Carbonero “frivoliza la imagen de la mujer y contribuye a que la apariencia sea más importante que el contenido». No soy seguidora de Sara Carbonero, fundamentalmente porque automáticamente cambio de canal cuando comienzan las noticias de deportes, o la información “rosa” sobre fútbol  dedicada a estirar hasta lo insufrible los comentarios intrascendentes y muchas veces soeces de entrenadores y jugadores, pero que supuestamente es información “seria” porque se incluye en los telediarios. Solo tengo una certeza sobre Carbonero, y es que no debería ser el sujeto del titular de esta noticia sino el objeto, porque son los magnates de esos medios los culpables de promover una imagen frívola de las mujeres. Según el Informe Mundial sobre la Condición de la Mujer en los Medios de Comunicación  de 2011, el  46 % de las noticias alimentan los estereotipos de género, y no por culpa de una, dos o tres mil Sara Carbonero. Los medios de comunicación masivos constituyen un instrumento legitimador del sistema patriarcal. Carbonero se está forrando gracias a la imagen que los hombres que dirigen los medios promueven de las mujeres, pero no nos equivoquemos pensando que ella es la culpable, porque nos desviaríamos del auténtico foco del problema y con ello, erraríamos en la búsqueda de soluciones.

Esther de la Rosa
@estherdelarosa
Periodista, integrante de la RIMPYC-Red Madrid

Sexismo y lenguaje: Palabras que crean realidades

Las personas existimos en las palabras, es a través de ellas que nos representamos y nos representan. Lamentablemente, vivimos en una sociedad patriarcal que lleva siglos encargándose de que exista una desigualdad entre hombres y mujeres, donde unos gozan de privilegios y otras son discriminadas. Por ello, no sorprende que existan más adjetivos para descalificar y humillar a mujeres que a hombres. Esto sucede también en otros idiomas, pero hay lenguas donde es más notorio que en otros.

En el caso del castellano, existe una entidad que se encarga de regular la creación y el uso de las palabras, son quienes aprueban, modifican y validan el uso del idioma. Hace unos cuantos años hubo un caso llamativo cuando se hizo un análisis del diccionario y se cuestionó la tercera acepción que le había dado la RAE a la palabra gozar: “conocer carnalmente a una mujer”. Cuando una escucha eso, se plantea, ¿quién ha escrito esa definición? ¿Hombres o mujeres? ¿Heterosexuales u homosexuales?… Se sabe que por siglos, le fue negado a las mujeres el derecho a ser parte de esa entidad.

Si eso sucede con un verbo, ¿qué pasa con los cargos profesionales o laborales? La situación ha sido la misma. Según la RAE los hombres representan el todo, pueden ser el ser humano, o pueden representar a un pueblo, cuando en lugar de decir “la gente de Afganistán” o “el pueblo afgano” se opta por decir los afganos, o cuando a nivel profesional se dice abogado o arquitecto a pesar de que sea una mujer quien ejerza el cargo. De hecho, la RAE ha aceptado el femenino en algunos cargos, pero se niega a respetar sus reglas, así nos encontramos que en el ejemplo de la definición arquitecto/a dice “Laura es arquitecto”. Parece como si les costara aceptar la feminización del trabajo, como si ese puesto no le pudiera corresponder a una mujer.

Mucha gente que está acostumbrada al uso del masculino genérico se pregunta por qué ese empeño en cambiar el lenguaje. Yo les recomiendo hacer un experimento muy sencillo. Vayan a un colegio, de preferencia en los primeros años, y digan que “el niño que acabe antes los ejercicios puede irse a jugar”. Descubriréis que hay algunas niñas que tienen la duda de si ese mensaje ha ido para ellas, quizá haya alguna osada que lo pregunte solo para tenerlo claro, pero otras muchas estarán con la duda. Esa duda es la que se instala en el cuerpo de las mujeres cuando se permite el masculino genérico porque no queda claro si cuentan con las mujeres o no.

No nombrar afecta gravemente a las mujeres, porque las invisibiliza, les niega el derecho a decir lo que son, lo que hacen, lo que quieren, les niega la posibilidad de que sus acciones sean reconocidas en la sociedad. Pero no solo eso, sino que con esa invisibilidad se les manda un mensaje peligroso, de que no hagan nada, que no se esfuercen porque en la historia no ha habido mujeres que lo hayan hecho. Lo cual es rotundamente falso.

Algunas personas cuando toman consciencia de la importancia del nombrar creen que con poner la “a” el problema está solucionado. Sin embargo, eliminar el lenguaje sexista es más que eso. Otro error común es pensar que el lenguaje no sexista duplica las palabras, cuando decir ‘madres’ y ‘padres’ no es duplicar, es nombrar exactamente a quienes participan de la acción. Decir padres en general cuando también hay madres presentes, es mutilar la realidad, es no decir la verdad.

Afortunadamente en los últimos años se han ido elaborando decálogos y manuales que dan herramientas para empezar a incorporar esa perspectiva de género en el lenguaje, el último fue publicado el pasado diciembre de 2011 por CGT con el nombre el Manual de lenguaje integrador no sexista; justo tres meses después de que se publicara el manual de ‘Género y medios de comunicación. Herramientas para visibilizar las aportaciones de las mujeres’, por el Institut Català de les Dones (ICD), el Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC) y el Colegio de Periodistas de Catalunya.

En estos manuales y decálogos se pueden encontrar herramientas para nombrar adecuadamente (utilizar los neutros, los genéricos colectivos, los abstractos en lugar del masculino genérico);  recomendaciones para evitar la homogenización de las mujeres o para reducir la utilización de nombres de pila cuando se refieren a mujeres con poder (Francia se acaba de convertir en un buen ejemplo al  suprimir la palabra mademoiselle de los documentos administrativos), hasta romper con los roles de género ( por ejemplo mostrando a mujeres activas y a hombres haciendo labores de cuidados que también ayudan al sostenimiento de la sociedad).

También se ha creado un software para detectar lenguaje sexista llamado La lupa violeta. Asimismo existen  decálogos especializados en la violencia de género, porque es un tema sensible que ha pasado de ser considerado en los medios como crimen pasional a violencia de género –aunque la RAE sigue sin reconocer el término-, aunque a veces la forma de presentar las noticias no se realiza de forma rigurosa debido a que existe una mirada androcentrismo que dificulta culpabilizar al agresor machista.

Por otro lado, han surgiendo otras fórmulas, sobre todo en comunicaciones informales, como el uso de la arroba que pone en evidencia el interés por encontrar otras formas para que hombres y mujeres existan en las palabras. Incluso, hay quienes ponen un ‘x’ en lugar de una ‘a’ o de una ‘o’ como forma de reconocer en las palabras la diversidad sexual. Todos los mecanismos son válidos para mostrar que el lenguaje dominante no nos representa.

El lenguaje y los medios de comunicación

Se suele decir que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Lo que nos llevaría  a pensar que si la sociedad es machista y patriarcal, los medios también lo son.  Según un estudio del Instituto de la Mujer en 2000, solo el 30% de las personas que aparecían en las noticias eran mujeres, cifra que disminuía terriblemente en las llamadas secciones duras. Pero esto, no solo pasa en España, pasa en todo el mundo. En el Monitoreo Global de Medios 2010, realizado en 130 países, revelaba que solamente 24% de las personas que aparecen, dan su opinión o sobre las cuales se lee en las noticias, son mujeres. Pese a ser mínimo el espacio, la  forma en la que se las represente suele ser cuestionable. Son representadas como mujeres dependientas (la hija de, la mujer de, como pasó con la presidenta Cristina Fernández, a quien por mucho tiempo se la llamó como ‘la mujer de Kirchner’ o directamente como ‘la Kirchner’), o estereotipadas (ama de casa, mujer sumisa a la que rescatar o la femme fatal). En esa mínima representación de las mujeres no hay ni rastro de todas las activistas, luchadoras, creadoras de grandes cambios en la sociedad, la política y/o la economía.

En los medios apenas se ve a activistas mujeres que estén luchando por obtener derechos, a científicas con sus descubrimientos, a economistas que proponen una economía más justa, que hacen hincapié en la economía de los cuidados, a químicas, a arquitectas que proponen otras formas de construir más amables con el medio ambiente y con espacios más igualitarios, que se alejan de la construcción del estudio para el marido o que dificultan el labor de la  cuidadora construyendo demasiadas paredes en casa. Tampoco se dice nada de las supervivientes de unos conflictos que ellas no originaron, de lo que hacen para sobrevivir en un país en guerra, de cómo se las ingenian para mantener a una familia en etapa de hambruna, de cómo se juegan las vida por mejorar las cosas en su sociedad, como es el caso de periodistas y activistas de derechos humanos.

La sociedad desconoce el trabajo que están realizando las mujeres en el mundo. Cuando las niñas ven la televisión o escuchan la radio, no escucharán nada sobre estas mujeres, nadie les dirá que ellas también pueden ser agentes activas de cambio. Si una arquitecta y un arquitecto ganan un premio, los titulares mencionan a dos arquitectos. Lo mismo pasa cuando se habla de una reunión de presidentes, donde la presidenta Angela Merkel pasa a formar parte del masculino.

Recuerdo una vez llegar a casa, poner el telediario y oír al presentador decir: “Si ha llegado a casa y su mujer no está, es porque han empezado las rebajas”. ¿Por qué el presentador da por supuesto que solo lo están mirando hombres? ¿y que todos son heterosexuales casados? ¿Por qué cree que solo las mujeres van de rebajas?

Este ejemplo pone de manifiesto la importancia de ponerse las gafas violetas, de mirar al mundo de otra forma, un mundo donde hay hombres y mujeres que tienen que ser nombrados, de la importancia de tomar consciencia de que en nuestra sociedad existe discriminación y privilegios que deben ser aniquilados. Las gafas violetas son una gran aliada para las personas que ejercen el periodismo, deberían de aprender a usarla desde la universidad o desde que ponen el primer pie en una sala de redacción. De esta forma verían que los derechos de las mujeres son derechos humanos y como tal tienen que defenderlos. Con esto nos aseguraríamos de tener unos mejores medios de comunicación. Pero si queremos tener una mejor sociedad, quizá todas las personas deberían de llevar las gafas violetas, solo así podríamos alcanzar la sociedad igualitaria que tanto deseamos.

Jeanette Mauricio Becerra, Lic. Periodismo, experta en temas de género e igualdad
Red Internacional de Mujeres Periodistas y Comunicadoras (RIMPYC-Red Madrid)

Adaptación del artículo publicado en la revista alandar nº 286 – marzo 2012

De la revolución francesa a la primavera árabe

La inmolación del joven Mohamed Bouazizi debido al abuso policial fue la chispa que originó la llamarada revolucionaria en Túnez y que luego prosiguió en varios países árabes. La rabia, la indignación, el hartazgo, el cansancio, el dolor de ver el incremento de las desigualdades, provocó que la gente de a pie sintiera como bofetadas cada vez que la gente con poder les pedía comprensión y grandes sacrificios sin que su opulenta vida se mermaba en lo más mínimo, cada vez que no hacían nada ante casos de injusticia como el de Mohamed, a quien la policía le robó, chantajeó y hasta maltrató. Un día él no pudo soportarlo más y se inmoló a lo bonzo. El 4 de enero del 2011 fallecía en un hospital.

La muerte de Mohamed fue un duro pesar para la ciudadanía tunecina, era el golpe más hondo que recibía después de tantas injusticias. No se podían permitir más bofetadas, más humillaciones. Hombres y mujeres salieron a las calles, llevando su dolor, su indignación  y sus ganas de cambio.  Hombres y mujeres de todas las condiciones, con estudios universitarios o sin ellos, de clases pudientes o bajas, de zonas rurales y urbanas, del arte, de la economía, amantes de las redes sociales y del blog, etc. Todas las personas se olvidaron de las diferencias y se unieron ante la opresión.

La imagen de manifestaciones multitudinarias de gente cantando consignas, llevando carteles, se repitió en otros países, como en Egipto, Yemen, Libia o  Marruecos, donde las personas por fin dejaron atrás el miedo, y salían a  defender sus derechos, querían una sociedad más justa, no solo porque su presente se los exigía sino porque su futuro se los demandaba.

Estos mismos sentimientos son los que invadieron las calles francesas en 1789 cuando la gente no podía seguir soportando tanta humillación, tanta injusticia, tanta hambre mientras la monarquía seguía disfrutando de lujos y privilegios. Hombres y mujeres salieron a las calles para pedir un cambio de régimen. No más privilegios para unos pocos, no más abusos para la mayoría, no más leyes que lo justifiquen. Todo el mundo sabe como terminó esa historia. La monarquía quedó obsoleta y la República llegó a Francia. Se escribió la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, donde tres máximas se hicieron presentes:  igualdad, fraternidad y libertad.

Lo que pocos saben es que la revolución francesa no fue un progreso para todas las personas. Con fraternidad se referían a hermanos; la igualdad solo era entre esos hermanos y la libertad exclusiva para el ciudadano. Todo en masculino. Si bien las mujeres estuvieron en la revolución, salieron a las calles y pelearon por ese cambio de régimen, cuando llegó el momento de crear la nueva sociedad las dejaron fuera. Olympe de Gauge, escritora, dramaturga y abolicionista de la esclavitud, escribió en 1871 la declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, donde cambió la palabra hombre por mujer para dejar en evidencia que las mujeres también eran merecedoras de los mismos derechos. Esa acción le costó ser llevada a la guillotina.

Para J.J. Rousseau, el papel de la mujer en la nueva República era el ser la guardiana de la moral del nuevo ciudadano. Ellas eran relegadas al espacio privado mientras a los hombres se les confirmaba  como dueños del espacio público. Para Rousseau la mujer era la eterna menor de edad que necesitaba tutela de un hombre, ya sea del padre o esposo.  “Por ley natural, las mujeres, tanto por si como por sus hijos, están a merced de los hombres”, incluye en su libro V del Emilio.

La idea de que el varón es ciudadano y jefe de familia no solo se dio en la revolución francesa. Dentro de revoluciones anarquistas, comunistas y socialistas, hubo mujeres que exigieron que antes que derribar las desigualdades de clase había que derribar las desigualdades de género, donde los hombres gozaban de derechos y las mujeres eran discriminadas. De lo contrario, no sería una revolución ni una lucha real para la igualdad de todas las personas. ¿Cómo podríamos llamarlo un cambio cuando se mantiene la desigualdad por sexo? ¿Cuándo se usa el discurso de la complementariedad o de la debilidad del segundo sexo para someter a las mujeres?

Cuando vemos las revoluciones en los países árabes, vemos a mujeres que están luchando junto con sus pares para instaurar una democracia, reivindican las libertades políticas, sociales y demandas mejoras económicas y laborales. Son pisoteadas, denigradas, humilladas y golpeadas como se pudo ver en un video de las manifestaciones de mediados de diciembre en Egipto cuando unos militares no dudaron en dar patadas y desvestir a una joven mientras la arrastran por el suelo. ¿Acaso no se merecen los mismos derechos?

El poeta y ensayista sirio Ali Ahmad Said Esber, más conocido como Adonis, dentro de sus diez tesis sobre las rebeliones árabes ya advierte en su sexta tesis que hay que acabar con las desigualdades existentes en la sociedad árabe a través de la liberación de la mujer. De lo contrario,  “¿Qué sentido o valor tiene el cambio en la sociedad si no va esencialmente unido a la liberación de la mujer de todas las cadenas que se le imponen? ¿Qué sentido tiene la propia sociedad si la mujer no es libre dentro de ella igual que el hombre, y en todos los campos y niveles?”, se pregunta en un artículo publicado por El País.

En la historia muchas veces la religión ha estado ligada al poder y aún en muchos países todavía se sigue malinterpretando la democracia porque se deja a una sola religión estar en el poder.  El pasado 23 de octubre, Ennahda, la formación islamista de Túnez, obtuvo nada menos que un 41,5% en las elecciones a la Asamblea Constituyente encargada de redactar la nueva Constitución. En Marruecos,  el pasado 25 de noviembre, los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo (PJD) ganaron las elecciones legislativas. En Egipto todo indica que el partido de La Libertad y la Justicia (PLJ), brazo político de los Hermanos Musulmanes, habría ganado las elecciones.

Tras la revolución llegan al poder partidos que se consideran democráticos, aunque habrá que hacer pactos. Pero si ha luchado por una  democracia habrá que preguntarse si se contará con las mujeres. ¿Se las llamará para formar el gobierno de cambio? ¿Ocuparán carteras de peso como economía o relaciones exteriores? ¿Cómo quedarán reflejadas en las nuevas constituciones? ¿Se garantizará una igualdad real y efectiva?  ¿o se las mandará a casa como hizo Rouseau?

La Revolución francesa marcó un hito en la historia, aunque no podemos decir que fuera un hito para la igualdad. Tal vez Rousseau pretendiera defender la causa de la humanidad pero su ideología patriarcal lo llevó a promover la desigualdad. Esperemos que la historia no se repita y que lo que sucedió hace unos cuantos siglos en Occidente no se repita ahora en Oriente. Las revoluciones para que generen un verdadero cambio y traigan igualdad tienen que contar con la protección de derechos. Si los hombres tienen derecho a decidir sobre que ropa ponerse, que estudiar, que trabajo realizar, a que puesto acceder, cuando casarse, cuando ser padre, a qué hora llegan a esa, qué hobby practican y a vivir de sus ingresos sin depender de nadie; las mujeres también tienen que tener esos mismos derechos; y no hay excusa biológica, política ni religiosa que sea válida para negársela.  Como decían las pancartas en Madrid cuando salieron las personas indignadas a protestar:  “la revolución será feminista o no será”. Porque no puede existir una primavera árabe sino hay una primavera para los derechos de las mujeres.

Jeanette Mauricio
Periodista, experta en género
Integrante de la RIMPYC-Red Madrid

DSK: sexo, poder y violencia de género

Este titular tan acertado corresponde a un estupendo artículo publicado en EL PAIS, sobre el machismo en la política llevado a su máxima expresión: la violencia de género.  Leedlo al completo, no tiene desperdicio.

El País: 20 de mayo de 2011. Dominique Strauss-Kahn es inocente. Y lo es, porque en un Estado de derecho lo avala la presunción de inocencia. Este principio basilar del derecho penal exige un proceso con todas las debidas garantías antes de poder afirmar que DSK es un delincuente, pues esto es, a fin de cuentas, lo que se está dirimiendo.

Más allá de la falta de certezas, lo que es comprensible es que el desplome súbito de un icono como DSK, que en su sola persona reunía todos los rasgos estadísticamente representativos del poder (a la vez político, económico, global ¡y masculino!) haya sacudido al mundo entero. Y es por ello entendible que el mundo entero esté calibrando qué consecuencias pueda tener sobre el futuro del FMI, la crisis financiera, el euro o las elecciones presidenciales y el Partido Socialista en Francia.

Sorprende, sin embargo, (o tal vez no) que la gran ausente, hasta el momento, sea la reflexión acerca de qué implicaciones pueda tener el asunto no solo para la vida de la mujer presuntamente abusada (de la que solo alguna fuente en Estados Unidos ha informado de que no ha podido regresar ni a su casa ni al trabajo, teme perder el empleo y quedarse sin fuente de subsistencia en su condición de madre y viuda), sino para la mitad de la población mundial, que conforma el sexo femenino y sobre quien estadísticamente recae este tipo de violencia. Y sorprende porque hay buenas razones para pensar que el asunto DSK debiera abordarse más bien como el fenómeno DSK, realzando lo que de sistémico tiene, y permitiéndonos atar cabos. Porque haberlos, haylos.

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El machismo ataca en los medios

No sé si Dominique Strauss-Kahn es culpable del delito que se le acusa, del intento de violación de una camarera en un hotel de Nueva York, y será la justicia quien dictamine al respecto. Mientras tanto, debemos respetar la presunción de inocencia. Me indignan, sin embargo, algunos artículos de opinión publicados sobre esta noticia en dos grandes periódicos españoles porque ambos acusan a la camarera de mentir, es decir, parece ser que ella sí puede ser juzgada sin haber empezado la investigación ¿por qué? ¿por ser mujer? ¿por ser camarera? ¿por ambas circunstancias? Por el contrario, Strauss-Kahn se presenta como la víctima ¿por qué? ¿por ser el director gerente del FMI? ¿por ser el cliente rico de un hotel y no un empleado?

Salvador Sostres en Algunas camareras (El Mundo: 16 de mayo de 2011) no necesita conocer ningún dato de la investigación, él sabe que se trata de una “típica camarera” de hotel de lujo que entró justo cuando el acusado salía de la ducha, se insinuó y, como él no accedió a su proposición, le denunció ante la policía para lucrarse. Estoy segura de que piensa que eso es lo ocurrido porque él, si fuera la camarera, se comportaría así. Para rematar, compara esta denuncia con lo que él denomina denuncias falsas por violencia de género en España, haciendo una vez más (ya lo hizo en Un chico normal publicado el 7 de abril) apología de la violencia machista, puesto que si él considera que las mujeres maltratadas que denuncian lo hacen sin motivo, es porque cree que se merecen los golpes. Eso es apología de la violencia de género y es intolerable que se publique en un medio de comunicación como si el mensaje fuera inocuo. Lo peor de todo es que muchos hombres piensan así, hombres que dicen que las feministas estamos locas porque ya tenemos la igualdad real y sólo queremos revancha.

En El País, Lluís Bassets (16 de mayo de 2011), en Delitos y Faltas también da rienda suelta a su imaginación y sospecha que la camarera podría estar intentando sacar provecho de un pez gordo. En ningún caso se plantean cómo es posible que alguien como Dominique Strauss-Kahn (suponiendo que se demuestre su culpabilidad) puede llegar a dirigir un organismo internacional como el FMI y ser la principal baza de un partido político para presidir Francia. Será porque en el mundo de los hombres que hacen carrera política se tolera e incluso está bien visto abusar de las mujeres y un intento de violación, como mucho, es una falta pero no un delito.

Teresa García Espejo